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Industria y territorio

Industrializar la construcción no cambia solo el proceso, cambia donde se aprende

Por Rolando Cabrera Libuy · sábado 8 de agosto

Hace un tiempo venimos acompañando con la Consultora Year 2 Day , la actualización de la Hoja de Ruta del Programa Estratégico Regional del Biobío sobre métodos modernos de construcción.
El programa busca posicionar a la región del Biobío como un polo de desarrollo en Métodos Modernos de Construcción Sostenible en Madera, siendo la industrialización un medio no un fin en si mismo.

¿Un medio para qué?

Para construir con lógica de plataforma. Algo parecido a los Lego: piezas distintas, hechas por manos distintas, que calzan. Una industrializadora hace tabiques, otra paneles completos, otra puertas y ventanas, y una constructora las combina para levantar una casa diseñada para el montaje, evitando la mayor cantidad de ajustes en terreno.
La eficiencia no está en cada pieza por separado: está en que puedan integrarse y complementarse a lo largo de la cadena de valor.
Pero surge un desafío mucho mayor y quizás el más incómodo: la mirada de las personas en obra.
Están acostumbradas a "echar más hormigón" para que quede firme, o a ir a buscar el material cuando se les olvidó algo. En estos modelos, la planificación y la ejecución son claves, porque un desperdicio aquí puede hacer que toda la eficiencia capturada a lo largo de la cadena se pierda.
Pero llamar a esto "resistencia al cambio" sería injusto y, sobre todo, inexacto. En Chile hay 16 liceos técnicos con formación maderera y poco más de un centenar de operarios capacitados en clasificación de madera estructural. No existen perfiles laborales validados por la industria para el montajista ni para el operador de planta. No es que la gente se niegue a hacer el oficio nuevo: es que el oficio nuevo todavía no existe formalmente.
Y hay algo más. La cultura de improvisar en terreno o el famoso “suple” no es un vicio, es una respuesta racional a la incertidumbre. Cuando los planos cambian, los materiales llegan tarde y la información está incompleta, improvisar es lo más inteligente. El suple no se elimina moralizando; se elimina quitando la incertidumbre que lo hace necesario.
Muchas veces las personas que vienen de entornos industriales o plantas químicas son mucho más apegadas a las recetas y a los procedimientos, porque ahí un error tiene un impacto significativo en la seguridad: un cálculo mal hecho puede costar una vida o detener una producción de mucho dinero.
Pero conviene recordar cómo llegó esa industria a esa cultura. No fue por virtud. Fue por Bhopal, por Piper Alpha, por Texas City. La disciplina operacional de la industria de procesos es un producto de ingeniería social construido después de los desastres, con regulación, con estándares y con décadas de insistencia. Es decir: esa cultura se fabricó. Y si se fabricó ahí, se puede fabricar acá. Un ejemplo que me gusta es la Chemical Safety Board en Estados Unidos: investiga accidentes químicos graves y publica sus aprendizajes en abierto. No multa ni regula: solo enseña. Está diseñada para que aprender no le cueste caro a nadie.
En la construcción, en cambio, siempre se ha premiado el ingenio, el suple, la capacidad de improvisar y resolver, dejando en segundo plano el impacto de eso en el desempeño futuro o financiero de la empresa. Y el sistema refuerza ese premio: mientras el pago por avance reconozca lo que se ve en terreno y no el componente ya fabricado en planta, la obra seguirá siendo el lugar donde todo se decide.
Otro factor que dificulta la creación de cultura es la alta rotación de personal y la falta de procesos de aprendizaje en obra. En industrias concentradas en una sola planta es mucho más natural analizar, corregir y aprender: el lugar sigue ahí al día siguiente. La obra, en cambio, se desarma.
Entonces, ¿es realmente un problema de las personas o del entorno? Si se mantiene la alta rotación y un modelo de ingresos que es variable proyecto a proyecto, ¿será propicio para una cultura de eficiencia y aprendizaje?
No tengo la respuesta , pero sí una sospecha: parte de la gracia de la industrialización es precisamente que traslada el aprendizaje desde un lugar efímero —la obra, que se levanta y se desarma— a uno permanente: la planta, donde la rotación es menor, el ciclo se repite y el error de ayer se puede corregir mañana. Puede que no estemos frente a un problema de personas ni de entorno, sino frente a un problema de recurrencia: las mismas personas, en el mismo lugar, el tiempo suficiente como para aprender.